Adolescentes en el pesta
Selección de fragmentos de Paco
(coordinador de L’Heura  escritos por Rebeca Wild en
“Calidad de Vida” (ed. Herder, 2003)

 

NOTA: Hacía mucho tiempo que no releía a Rebeca. Supongo que, como muchas, la había leído con entusiasmo cuando decidí averiguar qué había tras las etiquetas que nos sobrevuelan, antes de y durante los primeros años de andadura como acompañante en El Roure. Desde entonces he recurrido a ella para consultar aspectos concretos con fines concretos pero más desde ahí que desde el placer y la apertura al leer entre líneas y a recibir la claridad global de su discurso.

A principios de abril participé como espectador del encuentro virtual “Reencontrando a Mauricio y Rebeca Wild” * organizado por el Moviment Educatiu Sistèmic en el que se rendía homenaje, a raíz de la muerte de Mauricio, a estos dos referentes de la pedagogía en mayúsculas. Además del pase de la conferencia que dieron en la UAB y que se reprodujo íntegro, los comentarios de Carles Parellada, Meritxell Bonàs y Bego hicieron que retomase algunas lecturas persiguiendo la reconexión vivida en el encuentro. Los fragmentos que a continuación transcribo me han proporcionado respuestas, claves, pistas valiosas a dudas que me rondaban desde la urgencia en referencia al intenso camino en la construcción y evolución de la etapa de secundaria en El Roure. En ellos he encontrado puentes que me llevan a no despistarme; a prestar atención a averiguar cuáles son las auténticas necesidades de la adolescencia y cuáles las principales dificultades que como comunidad adulta nos encontramos en su acompañamiento; es decir, a reposicionarme con emoción en mi lugar natural como acompañante del conjunto de la etapa. He obtenido también crítica, fuerza creativa, inspiración, valor, entusiasmo, reconocimiento y confianza en la esencia de lo que aquí estamos planteando golpe a golpe, verso a verso en el recorrido de estos cinco cursos. Por supuesto que ni El Roure es lo que fue El Pesta ni lo que fue El Pesta, El Roure; muchas serían las diferencias a la hora de implementar esa mirada de calidad sobre, en este caso, la adolescencia. Sin embargo, sí creo que nos unen las preguntas sabias y el inmenso empeño en hacer camino al andar. Con voluntad de gozo y contagio os los comparto. 

Paco.

https://www.youtube.com/watch?v=nsIrXjIxxEc

En el jardín de infancia estuvieron sentados en nuestro regazo, en la primaria jugábamos juntos a canicas, y ahora son tan altos como nosotros o incluso más. Cuando nos abrazamos o conversamos, nuestros ojos están a la misma altura.

El camino hacia la secundaria

El que nos comprometiésemos con esta nueva aventura de continuar una ‘escuela libre’ con adolescentes se debió a las presiones de un padre que no quería que su hija estuviese de nuevo expuesta a la falta de respeto que había sufrido antes de llegar con 8 años al Pesta.

No estábamos preparados para el reto. De hecho, apenas sabíamos con qué nos íbamos a encontrar. En lo que respecta a la adolescencia no conocíamos otra cosa que la enseñanza de materias, los caminos de la formación profesional, algo de pedagogía vivencial y que era una época ‘problemática’, ‘la edad del burro’, como se llama aquí. Sabíamos poco acerca de las auténticas necesidades de desarrollo de los adolescentes. Sin embargo, de una cosa no dudábamos: si decidíamos convivir con ellos, no queríamos repetir algo que ya existía en la sociedad, sino encontrar caminos y medios para dar prioridad a los verdaderos procesos de maduración y no al habitual sometimiento a las exigencias de progreso y eficiencia.

En aquellos momentos era un terreno inexplorado y todavía hoy sigue siendo un camino muy poco fácil. En lo que sigue relataré cómo, por medio del amor, con respeto y sin establecer una relación de enseñanza, de hostilidad o sometimiento, estamos a diario en contacto con adolescentes y cómo cada uno acepta el proceso de la vida del otro. Así fue desarrollándose nuestra iniciativa de una ‘secundaria’ en la que nadie ‘enseñaría nada a otro’ y en la que la actividad espontánea de los adolescentes sería respetada al igual que en el jardín de infancia y la primaria. 

En el primer año, dos antiguas alumnas decidieron regresar al enterarse que su antigua compañera se había quedado con nosotros con un tutor. En el terreno alquilado y por falta de medios, nos decidimos a no instalar talleres o laboratorios para los adolescentes, aun cuando nos hubiera gustado hacerlo para unir estrechamente el hacer práctico y la reflexión. Nos preocupamos de crear oportunidades a fin de que se formasen una idea del ‘mundo de ahí fuera’ y pudiesen encontrar por sí mismos y de varias maneras una ocupación. Contratamos a dos profesores que se encargarían exclusivamente de este grupo y les dimos el máximo margen de actuación posible para que acumulasen sus propias experiencias.

Transcurrieron casi dos años hasta que nos convencimos de que la cosa no iba del todo bien. En unas ‘maratones de conversación’, intentamos descubrir dónde fallaba. Lo que primero nos llamó la atención fue una cierta arrogancia del grupo: algunos simulaban ser más adultos de lo que en realidad eran. Otros ya habían entrado claramente a la pubertad y manifestaban los rasgos típicos de esta etapa de desarrollo. Pero su desarrollo cognitivo no iba a la par con sus intereses sociales. Vacilaban ante el trabajo con materiales concretos, necesarios para entender las conexiones, y se sentían impulsados a apropiarse un conocimiento para el que carecían de fundamentos importantes. Los dos profesores responsables sacaron de esta constelación la conclusión de que los adolescentes necesitaban una enseñanza de materias y elaboraron los correspondientes programas destinados a que cada alumno asumiese unas obligaciones. Los demás acompañantes eran de la opinión que en Ecuador había suficientes escuelas que enseñaban materias y que era absurdo gastar nuestra energía en algo que seguramente otros sabrían hacer mejor que nosotros.

Cuando llegó el momento de hacer balance, hablamos con los adolescentes y sus padres: quien quisiera asistir a clases debía buscarse mejor una escuela a su gusto. En el Pesta nos dispusimos a trasladarnos con aquéllos que se querían quedar. Organizamos espacios para los adolescentes, en los que podían sentarse juntos cómodamente sin ser molestados por los alumnos de primaria, donde podían leer, jugar o conversar. A excepción de una colección de libros, devolvimos a la primaria todos los materiales didácticos. 

Cuando los hijos cumplen doce años, los padres tienen que haber seguido un ‘curso’ que tiene lugar durante tres tardes especiales y sin el cual, los niños no pueden inscribirse en la secundaria. Es una especie de ‘curso de disuasión’ destinado a que los padres tomen una decisión clara y estimen si se atreven y asumen la responsabilidad de acompañar a sus hijos en esta etapa. En la primera tarde del curso, los antiguos padres de secundaria se juntan con los nuevos y comparten sus experiencias, inseguridades y éxitos. Los nuevos padres les hacen preguntas y probablemente marchen a casa pensativos. En la segunda tarde, los acompañantes exponen los materiales que están a disposición de los adolescentes. Muestran cómo cada adolescente puede llevar a cabo paso a paso y por sí mismo -si desea acompañado por un adulto- su propio desarrollo de lo concreto a lo abstracto, de la interacción operativa hasta la generalización y el llamado conocimiento general. En la última tarde, hablamos de nuestro llamado concepto, o sea, de aquello que hasta el momento sabemos acerca el verdadero proceso de maduración de los adolescentes. 

Después los padres pueden inscribir a sus hijos, pero sólo con la condición de que sus hijos también estén de acuerdo, pues a partir de ese momento ya no son exclusivamente los padres ni los acompañantes los responsables de un entorno adecuado para sus hijos.

Empieza una nueva etapa en la que la pregunta ‘¿Quién soy yo en este mundo?’ adquiere especial relevancia para la motivación principal del posterior desarrollo. Es en esta fase que la decisión de los adolescentes acerca de cómo se perciben a sí mismos y qué mundo quieren crearse para sí ocupa el primer lugar. De ahí que a partir de ahora no es suficiente que sean sólo los padres quienes firmen el contrato con la escuela, con el que declaran estar conformes con el ‘método de la educación no-directiva’. Esta circunstancia nos aporta a los adultos y a los adolescentes una base saludable para que existan unas relaciones claras y sinceras.

En esta etapa la única actividad obligatoria en grupo es la reunión semanal. Cuando se hace necesario discutir las reglas, ya no es una cuestión lúdica como antes, y en cambio se percibe como una necesidad que deberá ser solventada en el mínimo tiempo posible para que cada uno pueda seguir en paz con sus propios intereses. Los adolescentes parten del supuesto de que todos desean una convivencia respetuosa. En caso de dificultades, serán ellos mismos quienes sientan la necesidad de deliberar acerca de cómo apoyarse unos a otros a fin de que sea posible convivir pacíficamente y que cada uno satisfaga sus necesidades.

Existen otras dos obligaciones para el adolescente: en primer lugar, escogen para cada año de entre los adultos, la persona en la que tienen más confianza. Este adulto será su tutor y con él o ella comentarán sus deseos, ideas, necesidades y proyectos. Además, se comprometen a llevar una especie de diario de sus actividades en la escuela que, de vez en cuando, ponen al alcance de sus tutores. Así los adolescentes se hacen corresponsables de escribir su propio informe.

Los pasos a la adolescencia

Quisiera apuntar a las múltiples formas que pueden adoptar los diferentes pasos, tal y como los percibimos nosotros, puesto que aquí cada uno se puede mostrar y comunicar en correspondencia con su individualidad, su historia personal y su proceso de maduración.

 

Si pensamos en lo diferentes que pueden ser las condiciones para los niños durante años de crecimiento, sus circunstancias en casa y la fuerza de decisión de sus padres para acompañarlos en su desarrollo sin dirigirlos y aun así con responsabilidad, no es de extrañar que incluso en una escuela ‘activa’, los niños lleguen al umbral de la adolescencia de diferentes maneras.

 

En general, podemos confirmar que en El Pesta los niños siguen siendo niños más tiempo, si pueden vivir plenamente su fase operativa. Puesto que los adultos están dispuestos no sólo a ayudar a hacer planes sino también a acompañarlos aun cuando tengan que sacrificar su comodidad, dispuestos también a no adelantarse a los intereses adolescentes, a no derivar procesos de reflexión ‘inmaduros’ enseñando y mostrándose sabihondos, los niños no tendrán la necesidad de alejarse de nosotros cuanto antes siguiendo su propio camino.

Se percibe claramente que, en esta fase, la antigua contradicción entre autonomía y dependencia alcanza un punto especialmente crítico. Los niños, en realidad, ya serían lo suficientemente mayores para apañárselas sin nosotros, si llegase el caso. Podrían juntarse en pandillas y poner distintas maneras a prueba y en duda el mundo de los adultos. 

 

El momento del paso de la niñez a la pubertad puede llegar de un día para otro. Niños que llegaban con mucha energía, nos saludaban con mirada sonriente y encontraban inmediatamente algo que hacer, un buen día se bajan del autobús, nos atraviesan con su mirada al pasar por nuestro lado, se echan en una hamaca y, con actitud contemplativa, miran a su alrededor y a sus adentros para después de un tiempo regresar al aquí y ahora y volver a ser los niños activos que eran.

Pronto nos dimos cuenta de que ningún modo debía interrumpirse el diálogo con los padres de los niños mayores, aun cuando ya hiciese ocho o diez años que eran padres del Pesta. Cuando un niño nos preocupaba en la época de transición, consultamos a los padres con renovada vehemencia. Los niños que por una razón u otra no han vivido plenamente su fase operativa y no han tenido la fuerza de ‘hacerse a sí mismos’ entre una interacción alegre y una trabajosa superación de trabas, entre un estar solo y un estar en compañía, muestran antes de tiempo la tendencia a rehuir los retos que les impone su etapa actual y a refugiarse en la siguiente etapa. ¿Acaso no es una medida de urgencia de la naturaleza el garantizar al menos la subsistencia de la especie cuando ya no se puede producir un óptimo proceso de maduración de cada planta o de una generación entera? Intentamos hacer partícipes a los padres de estas percepciones. No siempre su situación personal les permite realizar los pasos necesarios para apoyar a sus hijos en su etapa de desarrollo.

‘Early ripe, early rot’, una frase de David Elkind ha demostrado ser cierta. Según nuestra experiencia, niños que rehuyeron su niñez -sin seguridad emocional, sin la capacidad de formarse su propio juicio y de conocerse un poco a sí mismos- se acogieron al reino lleno de riesgos de la adolescencia, entrando en relaciones sin auténtica responsabilidad y dándose cuenta a continuación de que no se puede jugar por mucho tiempo a ser adulto cuando uno todavía no lo es.

Los padres relatan cómo perciben a sus hijos. A razón de esta información y de nuestro trato bastante íntimo con los adolescentes, supimos reconocer algunas conexiones que nos han ayudado a entender mejor los procesos. Ahora vemos claramente unas conexiones entre el modo en que han sido satisfechas las necesidades de supervivencia y desarrollo y el modo en que los adolescentes viven su pubertad.

adolescentesp_3.jpg
adolescentesp_4.jpg
adolescentesp_2.jpg
adolescentesp_1.jpg