Alas para la adolescencia
Paco Robles

 

Nos ha dejado mucho la experiencia de l’Heura. Dejando de lado lo personal o, mejor dicho, integrándolo en lo pedagógico, nos queda un gran poso que guarda mucho de lo que El Roure puede ofrecer a esta etapa vital y de lo que la etapa sigue necesitando de espacios educativos que se saben conscientes, vivos. Quiero empezar por aquí, por poner palabras y ordenar lo más significativo de lo que voy viendo en ese poso, por supuesto desde mi experiencia y visión, en un resumen de la experiencia en cuatro fases.

El ciclo de l’Heura

Tras la primera fase de l’Heura (los dos primeros cursos) que se caracterizó por el impulso entusiasmado del grupito fundador de la mano de Bibiana (el diminutivo es por lo reducido y no por el poderío), la confianza ciega de las familias incluyendo los propios adolescentes y el tejer colectivo del día a día buscando un quehacer vivo y rico, llegó una segunda. Se abrieron las puertas a otros perfiles de adolescentes-familias, con recorridos inversos a los mayoritariamente habituales en nuestra comunidad. Eran adolescentes que expresaban, a grandes rasgos, cierta desazón, desmotivación y desconexión respecto a su propia esencia y, por ende, respecto a cualquier tipo de aprendizaje en un entorno educativo y diría más allá.

L’heura fue, en esta fase, una mezcla paritaria y simbiótica de estos dos afluentes. El grupo fundador y los que iban subiendo de La Ginesta, daban cuerpo y sabiduría al día a día, con grandes dosis de paciencia acogían a los que llegaban, transmitían la cultura rouriana con su saber estar, en cada acción, pasando a ser un auténtico activo pedagógico profundamente transformador para los llegados. Mostraban, sin saberlo, muchos ejemplos cotidianos de lo que es una relación sana consigo mismos, con el igual, con el adulto, con el entorno y con todo lo que posibilitaba el proyecto. Confiaban, aguardaban, dejaban espacio, estaban muy atentos y sintonizaban rápido la frecuencia de cómo el equipo acompañaba esos procesos que no dejaban de salpicarnos y, a menudo, de estallarnos. Pero eso fue solo la primera capa de la cebolla pues pronto dejó de haber diferencia de estatus entre los rourencs y los recién llegados. La fuerza del grupo, la intensidad del día a día con la relevancia que tiene la exploración en las relaciones personales en esta etapa y algunas actividades clave como la “Recerca en acció” dieron paso a una cohesión donde se empezó a evidenciar que esa simbiosis era, cómo no, naturalmente equilibrada. Al mismo tiempo que los provenientes del sistema convencional se integraban, liberaban y empoderaban, satisfacían una demanda de aquellos que conocíamos desde los tres añitos y ahora la vida les pedía volar más alto. Trajeron nuevos códigos y la necesidad de hacer grupo más allá del adulto, a menudo, de espaldas al adulto, con un disfraz transparente de rebeldía y transgresión que escondía  aventura, pura vida.  Trajeron un “no sabéis lo que es estar en un insti convencional alienado un tercio de la jornada y aprender cosas sin parar sabiendo que nada de eso permanece, que se esfuma”; y trajeron, a la postre, algo muy importante: pasión por l’Heura y agradecimiento. Ello permitió a la totalidad del grupo, durante una breve época, revalorar lo que tenían entre manos; conscientes que el punto de partida de la propuesta pasaba por dejar de exigir al equipo pedagógico directividad constante y aprendizajes “en serio” pero a la vez “empaquetaditos para regalo” y aprender a situarse en el lugar del protagonista responsable que mantiene un diálogo consciente (lo más que permita su ser) con sus aprendizajes en colectividad, en el sentido más amplio de la palabra. Una vez más, preguntas poderosas intrínsecas a la experiencia que El Roure ofrece a todas y todos los que lo abrazamos: ¿qué quiero aprender?, ¿qué necesito?, ¿cómo quiero aprenderlo?, ¿qué estoy dispuesto a accionar/sostener?, ¿qué latencia hay entre lo que espero y lo que quiero?, ¿de qué está hecha?, ¿qué puedo aportar al otro/grupo?, ¿qué me aporta el otro/grupo a mí?... en resumen, ¿quién soy y cómo camino? Para poder empezar a otear el horizonte adulto: ¿dónde quiero ir?, ¿dónde se me necesita? y, finalmente, ¿qué puedo aportar al mundo aquí y ahora?

En mí vivencia, en esta segunda fase el grupo brilló. Y no me refiero a esos adolescentes en concreto (eso lo deberían suscribir ellas y ellos & sus familias) sino al concepto de etapa adolescente en El Roure. Le vi sentido, recorrido y valor a la experiencia grupal.

A nivel de equipo esta segunda etapa fue rica en experimentación y su poso sigue siendo valeroso. Generamos la figura del colaborador pedagógico que fue esencial para poder integrar aprendizajes de materias curriculares y más allá de eso, dar riqueza y tranquilidad al propio equipo, familias y al grupo de adolescentes. Pasaron por allí, semanalmente, Borja (historia-filosofía), Marta Carrascal (matemáticas-química-física-biología), Iraida & Carlos Gil (artes plásticas-dibujo-pintura), Mireia Bosch & Pati (lengua y literatura) y Aitor (deportes). Además, otros miembros del equipo pasaron por l’Heura también de forma estable como Angélica & Iraida (música), Noelia & Neus & Anna Baró (inglés), Haizea (sociología) y Clara (educación física).  Todas ellas aceptaron el reto complejo de transmitir su pasión y conocimientos a través de propuestas didácticas que integrasen los deseos y necesidades de un grupo en ebullición que contenía múltiples recorridos conjugando, a menudo, heridas abiertas con ansias de saber. Sé que todas ellas vivieron el reto y despertaron el intenso diálogo propio que supone facilitar aprendizajes a ese grupo de adolescentes tan particular.

Respecto al acompañamiento del grupo, la chistera del mago se tuvo que llenar y vaciar constante y frenéticamente de recursos y trucos:  muchas tutorías individuales y colectivas, nuevos formatos de actividad como la “autónoma individual y colectiva”, “autónoma programada o espontanea”, “el Consell de Savis” con representación en las reuniones de etapa con familias, la citada “recerca en acció” o “talleres autogestionados” y, en general, poner en danza diaria los fundamentos pedagógicos de El Roure además de las visiones transversales que lo nutren como la pedagogía sistémica, la CNV o la facilitación de procesos a partir de todo lo que se iba dando; partiendo, por supuesto, de la atención a cada uno de los procesos vitales de las y los adolescentes y sus familias.

Llegó una tercera fase y nos fue trayendo una crisis que todo el triángulo (adolescentes-madres & padres-equipo) fuimos acogiendo de menor a mayor intensidad. De una parte, hubo cambios sustanciales en el equipo de referencia y posteriormente fuimos tomando consciencia, desde la coordinación pedagógica, que esa transición no fue cuidada con la atención que necesitaba. El perfil de la persona adulta referente que el grupo y sus circunstancias necesitaban era muy concreto y el margen muy estrecho. Aún la etapa estaba verde en cuanto a su estructura y metodología, aún se necesitaba pivotar mucho en la relación adolescente-acompañante y acompañante-familia. Justo el grupo empezaba a mirar l’Heura como un espacio posibilitador, pero necesitaba, aún, mucho del sostén adulto. Para un acompañante recién aterrizado y con todos los vínculos por tejer ante un grupo de adolescentes descolocados ello significaba o mucha directividad o mucho caos. Por lo tanto, o control excesivo para un grupo que había tenido la experiencia de empezar a volar (esto es desconexión, desmotivación del grupo, autoritarismo adulto) o pérdida de control para el adulto que se manifestaba en falta de límites, exceso de confianza  y expectativas demasiado elevadas en las capacidades del grupo y deriva del funcionamiento diario de la etapa en la noria energética grupal.

Como sabemos, especialmente el equipo que llevamos tiempo en El Roure, los trucos y recursos de la chistera, a menudo, no se pueden traspasar de un mago a otro y si se traspasan, no suelen funcionar. Cada mago debe generar su propia magia y eso conlleva tiempo, mucha práctica y grandes dosis de autoconfianza.

De otra parte, hubo cambios también en el grupo y aquellas adolescentes que habían sido “pal de paller”, sostén del grupo, fueron progresivamente echándose a volar del nido. El grupo quedó a merced de reconfigurarse, de volver a ordenarse y encontrar su equilibrio, aquellos que llegaron de otros sistemas educativos dos cursos atrás, eran ahora los mayores, los “Savis”. Subían de La Ginesta preadolescentes de largo recorrido en El Roure pero con todas las dudas y temores naturales respecto a la nueva etapa (y sus familias) tras dejar el confort de La Ginesta. Todo ello requería un acompañamiento muy intenso y complejo cuyos requisitos, como digo, no estaban. A la par, el grupo de familias, exactamente como el de sus hijos, quedaba descolocado y se caracterizaba por ser complejo en cuanto a sus propias necesidades y con visiones muy diversas y hasta antagónicas de lo que debía ser la etapa, el acompañamiento pedagógico por parte del equipo y la educación en general.

Aprendimos en esta etapa a comunicarnos entre el colectivo de familias y el equipo. Hicimos muchas reuniones, algunas de ellas muy intensas. Calibramos expectativas y estrechamos una comunicación que entre tanto cambio había sido descuidada (al menos por parte del equipo). Esa comunicación ahora iba mucho más allá de la relación padres/equipo/hijos pues nuestro objeto de cuidado era la globalidad de la etapa. Por último, tomamos decisiones acordadas (algunas dolorosas para todas) que buscaban proteger ese tesoro mutuo que posibilita y articula una escuela como la nuestra: la confianza entre familias y equipo. Aprendimos también a gestionar la crisis con los adolescentes, a escuchar su malestar y a que ellos y ellas pudiesen entender cuáles eran los mínimos que les exigía L’Heura para que la experiencia tuviese el sentido necesario que el equipo consideraba.

Por último, recién descoNfinados (septiembre), y tras algunas marchas más de familias y adolescentes, se inició la cuarta y resolutiva fase. Por no extenderme más, resumiré que, de un lado, el grupo de familias y adolescentes estaban en general y en mi opinión, desubicados y frágiles tras el curso anterior y como es obvio, con el confinamiento de por medio. Además, de nuevo, era un grupo demasiado reducido para una experiencia rica tras todo lo vivido. De otro, la normativa y el posicionamiento de la cooperativa que obviamente priorizaba proteger el conjunto de la escuela, imposibilitaban permanecer en el espacio durante las mañanas. Así, l’Heura como etapa quedó suspendida hasta el reciente cierre definitivo. Este cierre tuvo su apogeo no hace mucho con una convocatoria que tuvimos el gusto de acompañar Bibiana y yo (que se fue tejiendo con los meses a través de un grupo de whatsapp en el que quedan escritas frases poderosas como las de la imagen) con todos los adolescentes que pasaron por l’Heura y quisieron acudir. Cerramos un círculo hermoso alrededor de un fuego crepitante con representantes de todas las generaciones, desde la primera a la última. Agradecimos con emoción todo lo vivido y comprobamos que les siguen y seguirán uniendo los hilos dorados que tejieron en la infancia y adolescencia en este pequeño rincón del planeta; como nos seguirán uniendo los que tejimos, Bibiana y yo en representación de todos los adultos, con cada uno de ellos y ellas y con sus familias.

L’Heura sigue trepando en el interior de cada vivero corazón.

 

Echar a volar

“¿Dónde pongo lo hallado? en las calles, los libros, la noche, los rostros en que te he buscado.”

Silvio Rodríguez

 

Tenemos la riqueza de haber experimentado a fondo la relación grupo de adolescentes – equipo pedagógico; la de haber formado un equipo pedagógico extenso con un abanico de colaboraciones específicas complejo y rico; la de haber contactado con adultos afines con posibilidades de colaborar; la de haber acompañado a muchos adolescentes en sus procesos vitales desde los 12 hasta los 14/15 y 16 años; la de haber acompañado la enorme entrega a madres/padres de adolescentes; la de haber diseñado un espacio dinámico capaz de variar al compás de las necesidades; la de haber diseñado actividades que potencian capacidades y abordan dificultades con ligereza y valentía; la de conocer materiales, bibliografía, bibliografía web y filmografía específica para la etapa; la de haber contactado con otros grupos de adolescentes afines y además, todo lo que ahora no soy capaz de nombrar que seguro es mucho.

 

Desde la cooperativa y a partir de la experiencia global (pandemia incluida, ¡cómo no!), tenemos también la certeza que ni queremos ni podemos ser un centro de enseñanza secundaria obligatoria aquí y ahora; la de que cualquier proyecto bajo el paraguas de la cooperativa necesita estar homologado y tranquilo con la administración, bajo algún formato; la de que la etapa adolescente en nuestra sociedad necesita, más que nunca, espacios educativos sanos, facilitadores, interconectados y fructíferos; la de que esta necesidad aflora también más allá de Mediona; y la de que la educación no formal y las tardes son el nuevo terreno de juego óptimo para un proyecto cuya esencia siga siendo: ¿qué puede aportar El Roure a la etapa adolescente?

 

Respondiendo a esa pregunta seguimos. Con la confianza y apoyo de la cooperativa, Bibiana y yo engendramos la semilla. Yo prosigo asumiendo el desarrollo y la puesta en marcha de un proyecto innovador y ambicioso a medio plazo a sabiendas que hay que ir pasito a pasito siempre atentos a su viabilidad acompasada con la viabilidad de las otras dos etapas, así como de otros proyectos en marcha de la cooperativa.

 

El próximo septiembre tenemos el compromiso de presentar todo proyecto a la comunidad de El Roure pero aprovecho para compartir un esbozo de las líneas generales, algo más genérico que el que compartimos con las familias de hijos e hijas adolescentes de El Roure el pasado mes de abril.

 

El proyecto pretende ir convirtiéndose en un centro/motor adolescente y juvenil del territorio en el espacio de la educación no formal (también llamado en catalán “lleure educatiu”). Esto es, un vivero que genere e interconecte tejido social adolescente y juvenil. Para conseguirlo prevemos dos fases: una inicial donde se proyecta formar un casal de joves en el que se oferte un programa de actividades concretas ya elaboradas de cuatro o cinco días  a la semana herederas de las vividas en L’Heura (incluso alguna que viene de La Ginesta) junto con otras que recogen la tradición que proviene del mundo de los esplais (como el excursionismo, un fin de semana al trimestre). A la vez, tal y como se hace en las otras etapas, se ofrecerá un acompañamiento pedagógico a madres y padres respecto a los procesos vitales que afloren en sus hijos e hijas. Este acompañamiento está proyectado que sea a través de un adulto referente del equipo y de una red de colaboraciones específicas afines.

 

En una segunda fase, más alejada en el tiempo, proyectamos que la cooperativa pueda acoger e implementar una “escola de formació del lleure” capaz de impartir la formación oficial que acredita a monitores/as y directores/as de actividades de tiempo libre infantil y juvenil así como formaciones y asesoramientos específicos a familias y profesionales vinculados a la adolescencia y juventud, todo ello con el “sello pedagógico” de El Roure.

 

Queda aún trabajo para ir despejando incógnitas y para, una vez despejadas, echarlo a volar. Si alguien está interesado en colaborar, por cierto, faltan manos para aspectos concretos (que me contacte). Estamos trabajando de pleno en ello y seguiremos también durante julio; ilusionados y motivados ante el reto que supone generar un espacio que consideramos necesario y en gran parte, innovador y revolucionario en nuestro contexto social. En esa reunión que mantuvimos con las familias recibimos un retorno esperanzador y positivo del concepto de la propuesta.

Creo que la adolescencia y juventud del territorio lo merece y creo, además, que El Roure ha demostrado estar más que preparado para abrir las alas y saltar más allá de lo que ha sido hasta ahora; de hecho, creo que nunca las ha replegado. Tal vez ahora llegó el momento de mirar en lontananza, desde la copa, sabedor de su poderosísimo enraizamiento en el lugar.

Así pues, tal y como hace o debería hacer la adolescencia… ¡vamos allá! con amor y algo de vértigo, por supuesto.

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