Conversaciones de nido a nido (o entre B y B)
Del 29 de marzo al 8 de junio de 2020
Begoña González y Borja Antela

 

Esta noche es aún domingo, me hago más consciente que nunca de que vivo, vivimos nuestro cotidiano bajo la ilusión de que hay días que son domingo y días que son lunes...días que marcamos de antemano, para dedicarles a un propósito o a otro. Es la ilusión de que controlamos algo. Y la realidad se nos impone contundente, porque hoy, desde el confinamiento, mi domingo podía ser lunes y mi lunes domingo.

 

Abro la compuerta de mi deseo de conversar sin rumbo, eso me alienta porque es iniciar un viaje a territorios ignorados, como los grandes exploradores. Habitualmente, cuando hablo, en mi mente van apareciendo, como de la nada, ramas y ramas de las ramas, y me cuesta mantenerme avanzando por el tronco central. Me dijeron que eso no era bueno, sobre todo para el que escucha. Intento ceñirme al tronco, me entreno en ello, voy aprendiendo...pero hoy, abriendo esta conversación, busco el placer prohibido de perderme. 

Cuando te oigo hablar, oigo ese placer de moverse por las ramas y te das todo el permiso, no tratas de ocultarlo. En realidad por eso quiero conversar contigo, por esa complicidad y para aprender a legitimar mi divagar. 

 

¿Sobre qué conversar? 

El ejemplar que me regalaste de tu libro, "Historia viva", está lleno de subrayados y algunas notas que quizá vayan apareciendo. Lo que más me interesó de entrada, es esa visión abierta, que parte y vuelve a la historia una y otra vez, pero borrando fronteras entre disciplinas que hemos construido como divididas. Conversemos pues por el árbol de la historia y saltemos a las ramas de otros árboles en este bosquecillo a explorar.

Estos días en los que la vida nos ha cambiado de la noche a la mañana por una epidemia a escala planetaria, me pregunto por aquello más básico, lo que verdaderamente nos importa en este tiempo limitado que llamamos vida. ¿Qué es lo que me permite sentirme bien ante las limitaciones impuestas?, ¿qué es lo que me provocan?, ¿qué necesito comprender de esta realidad interna y también de la realidad externa? ¿qué me puede ayudar de lo vivido, mi "historia personal", y de lo vivido por otros en otros lugares del mundo y en otros tiempos?

Tengo el convencimiento de que la Historia tradicional, la que yo estudié, ha sido patriarcal; ha sido la Historia de la relación entre el poder y la sumisión. Y ha sido escrita por el poder. Como tú dices, es la Historia de la guerra. Quiero otro enfoque del pasado para alimentar una realidad futura diferente; una Historia de la paz. Es decir, una historia que observe y estudie los momentos, las experiencias, las personas, que han contribuido a cuidar la vida, a desarrollar relaciones de amor. 

¿Qué te sugiere esto?

 

Bego

 

Después de tomarme unos días para pensar, para poder escribir desde la calma y dejar que mi subconsciente, en piloto automático, asentase algunas de las reflexiones e ideas que me has ido planteando, he sentido a lo largo de este tiempo desde tu correo cómo algunas imágenes venían a mi mente, en cualquier momento, de forma inesperada (así es como trabaja mi piloto automático, y me encanta que sea así), y algunas de ellas las expongo aquí ahora. 

La imagen del árbol, el tronco y las ramas me ha llevado a pensar en el árbol como la Historia. ¿La historia como disciplina o la historia como realidad? Existe un conjunto de sucesos, vivencias, recuerdos, situaciones, que tuvieron lugar en el pasado. No todas forman parte de la Historia, pero son en sí el árbol mismo. El tronco en cambio parece la selección de estos sucesos y situaciones, y sus explicaciones generales, construyendo un corpus de conocimiento que parece obligado. La historia como selección. Me pregunto quién hizo la selección. Sí, me supongo y me conozco muchas de las respuestas. Pero hace muchos años un profesor mío, de lengua gallega, me habló del derecho del lector, que puede, siempre, abandonar la senda marcada por quien ha escrito o editado el libro, saltarse páginas o párrafos, o volver sobre ellos, abandonar la lectura, empezar por el final, o simplemente dejar de leer. Si me llevo este derecho a la historia, tengo, y tenemos, cada uno y como colectivo, en comunidad, el derecho de crear mi propia selección. Ello implica, en cierto modo, estar abierto a la selección de otr@s, y aprender también a integrar estas selecciones en la relación propia con el pasado, el íntimo, el comunitario y el general o más amplio. 

Desde esta selección personal, o incluso compartida, llegan las ramas. Las ramas son los espacios donde las flores brotan, donde florece, donde fructifican. 

Lo importante, pues, parece abandonar aquí el tronco, que está bien firme, y que ha sido alimentado y cimentado por una construcción cultural que no sé si es colectiva, pero que responde al interés de homogeneizar lo colectivo, para pasearnos por las ramas. 

Me pides, nos compartimos, que lo importante son las ramas y sus flores. Y aquí también aparece la variedad. No todos los elementos que podemos encontrar (encontrar implica búsqueda, y ese es un punto sobre el que deberemos expandirnos, creo, porque en mi opinión es una de las claves. La búsqueda ha de responder al interior propio, a lo íntimo. La búsqueda de una relación íntima de lo sucedido, y de una relación íntima con lo sucedido) son iguales, son del mismo tipo. No todo son guerras, o héroes/heroínas, o geopolítica... O economía y sociedad...

 

Si treiem l'abstracte, que es de fet el tronc, ens queda la vida. Creo que los antiguos tenían claro que el relato de lo sucedido debía centrarse en las personas. Sus historias (que sí, que eran historias de grandes personajes, cierto) estaban más cerca de la poesía. La poesía como percepción universal de lo vivido, de lo que envuelve, de lo real y lo que no sabemos cómo es pero está. Desde aquí, la historia debe ser herramienta filosófica, para pensarnos. 

Antes, esta mañana, camino de recoger los niños (que se han estado aquí en casa un rato) pensaba que la historia que tenemos, la historia que nos envuelve, es una historia que deja a un lado la esperanza. Es una historia de la explicación, es finalista: tiene o conduce a un resultado, que es hoy. Eso anula posibles ayeres múltiples, y mañanas infinitos. 

Últimamente me molesta además la simplicidad de las explicaciones que se nos ofrecen, en las películas, en las reacciones tópicas (que las personas llegan a copiar de la ficción), en los informativos y las desinformaciones. La vida es compleja, y rica. No quiero esperar que las cosas sucedan como "deben", como se espera. Esperar lo que se espera no es vivir, creo. 

Es como estar en el guión de una película en la que todo debe suceder como en un dominó, donde sabes que la pieza que cae derribará la siguiente. Y en la vida, no hay esta encadenación causal tan simple, sino miles de posibilidades. En cada casa, ahora mismo, en cada intimidad propia o grupal de cada confinamiento, las reacciones, las vivencias, las experiencias, los momentos, no son siempre iguales. Y hay familias tópicas (no digo tradicionales, porque no es éste el término), pero con muchos elementos y complejidades, y otras familias no tópicas, y hay amores, resentimientos, redes, reacciones, deseos de un carácter tan variado... La vida no es simple, pese a poder ser sencilla. La relación con la vida y su observación tampoco puede serlo.   

 

Me doy cuenta ahora que algunos de los interrogantes que planteabas como partida no aparecen aún en estas líneas ("¿Qué es lo que me permite sentirme bien ante las limitaciones impuestas?, ¿qué es lo que me provocan?, ¿qué necesito comprender de esta realidad interna y también de la realidad externa? ¿qué me puede ayudar de lo vivido, mi "historia personal", y de lo vivido por otros en otros lugares del mundo y en otros tiempos?"), pero también que vamos abriendo paisaje en este mapa que estamos creando, de ramas y flores, escapando del tronco, para disfrutar del aire, y de la vida. 

 

Nos queda otra cuestión, que está implícita, creo, en mucho de lo que ambos hemos dicho: la esperanza. 

 

Borja.

 

Querido Borja, 

Así pues, cada persona construimos nuestra Historia, ya que cada una de nosotras recorremos esa red de ramificaciones según nuestra propio interés y sensibilidad, también según una guía más misteriosa o simplemente según un movernos azarosamente en esa búsqueda. 

 

Entonces, mi propia Historia está guiada por lo que a mí me importa, lo que me impulsa internamente, según la marca de mi daimon. Hago un ejercicio de búsqueda de ese mi propio recorrido por las ramas, colocando palabras en algunos puntos de ese enramado y sobre ellas me muevo trazando el camino de mi Historia; son palabras llave, que me llaman, que tienen un mensaje para mí, pero me topo con ellas a través del hemisferio derecho del cerebro...o quizá del corazón, no sé, el ejercicio es no buscarlas en los cajones de mi lógica ni de mi conocimiento, sino de mi latido:

ESPERANZA, PECADO, SABIDURÍA OCULTA, DIVERSIÓN, AYUDA, CAOS, COTIDIANO, SEXUALIDAD, INVENTOS, CAMBIO, MUERTE, CALMA, CREATIVIDAD...

 

La Historia que quiero hoy es la que hable de esas palabras. Un juego infinito y fascinante. 

Sobre la ESPERANZA, me interesó mucho las citas de Rebecca Solnit en tu libro, destaco: 

"A veces una persona inspira un movimiento , o lo hacen sus palabras décadas más tarde; a veces unas pocas personas apasionadas cambian el mundo, a veces llega empieza un movimiento de masas y son millones que cambian el mundo. (..) Todas esas transformaciones tienen en común que empiezan con la imaginación, con la esperanza. La esperanza es una apuesta.  (...) La esperanza es la historia de la incerteza, de aceptar el riesgo que implica no saber qué pasará después. Y esa esperanza es alegría y es vida. (...) La esperanza solo es el principio: no sustituye a la acción, solo es la base."

 

Sin embargo o mejor dicho, además, los budistas hablan de perder la esperanza. Porque la esperanza supone rechazar la realidad tal y como es ahora o como fue en el pasado, es una proyección en el futuro, y eso nos lleva a la irrealidad, a perdernos el presente vivo. Perder la esperanza es entrar en el abismo ilimitado de la neutralidad de lo Real; nada que cambiar, nada que mejorar, porque en otra dimensión de la conciencia la paz está en reconocer lo que Es. Sin comparación alguna. es en el presente donde nace la verdadera alegría sin contrario. ¿Demasiado lejos?, ¿demasiado cerca? Una Historia del presente absoluto entonces, ¿tiene sentido?

Salto a COTIDIANO: y leo, por causalidad el periódico que he colocado para proteger mi mesa de las pinturas que uso...

""El queso y los gusanos" de Carlo Ginsburg, reconstruye la historia de un molinero del siglo XVI que tenía sus propias ideas sobre la creación. El mundo, según el molinero, habría sido producto de un proceso de putrefacción no muy diferente del que hace que nazcan gusanos en un queso podrido. (...) La Inquisición ordenó que fuera quemado en la hoguera por hereje. (...) El acercamiento a un periodo o una sociedad determinados no se tenía que abordar necesariamente desde la perspectiva de las grandes figuras o los grandes episodios de la historia. También podía hacerse tomando como punto de partida la peripecia de un personaje menor, casi irrelevante".
 

Bego.

 

Hola Borja, 

Me salto el turno, me ha venido algo más sobre la esperanza; la esperanza espero algo, un futuro mejor, aprender del pasado...es una expectativa, una proyección hacia el futuro y por eso una negación del pasado y del presente tal y como fueron, por eso una división en el sentido espiritual, un sufrimiento. Mi palabra favorita hace unos años es CONFIANZA. definitivamente me voy de la esperanza a la confianza. Confianza a nivel de la Historia es para mí creer en la inteligencia de la Vida, en la capacidad del ser humano por evolucionar, es adquirir mi verdadero tamaño ante la inmensidad de la vida, del tiempo y del espacio, de la capacidad del ser humano, es dejar la pretensión de controlar el cambio. Me trae el perfume del descanso, de la humildad, lo que implica actuar, que significa cumplir con lo que me corresponde y está en mi mano hacer en pro de la vida. 

 

 Acabo de leer:

"La esperanza es el sueño del ser humano despierto"

Aristóteles.

 

un abrazo,

Bego.

Hola Bego

Justo hace unas horas (ayer noche ya) que venía pensando y pensando. De algún modo, mi pensamiento no se ha movido mucho desde donde estaba, desde donde encontré tu letra, cuando leí lo de la esperanza.

La esperanza como des-hacer? la esperanza como regla? como realidad esperable? Esta idea de la ESPERANZA como anhelo marca una norma, una forma interpretativa. Las cosas (cosas, qué palabra) como deben ser. Como espero que sean. Paciente, en medio de una pandemia. Paciente de paciencia y paciente de espera, que espera con esperanza, de lo que vendrá. Pero lo que vendrá, como lo que fue, no es esperable, porque ya no es. No puede ser. Ni debe ser como lo esperamos. Sencillamente es. El primer ejercicio seguramente es el de aceptar. Aceptar lo que es? Paciencia? Paciente? pero también con confianza de que lo que es y lo que será es como es y será y de ningún modo ha de ser otra cosa. Difícil, en mí al menos, que me mueve siempre la acción, la creencia que lo que yo haga marca cuanto suceda. He aprendido (cuánto yo va saliendo, cuánto desde mí va apareciendo aquí, validando, hablando desde lo único que realmente conozco) que muchas cosas (cosas) no son ni como quiero que sean ni como me gustaría ni como las haría ni puedo controlarlas. Confianza y aceptación. Entonces, encajarse ahí es un reto ante el dolor, el sufrimiento de la existencia, de lo que se espera, de la esperanza? Qué existencial.

Por otra parte, mirando a la historia, buscar en ella algo para que sea como queremos no es más que reproducir lo que hemos hecho los (los y las, pero sobre todo los) historiadores, amoldando los relatos del pasado al sentido que éstos pueden tener para el presente, y juzgando los hechos y las personas y situaciones desde nuestros criterios contemporáneos. Qué pena, invalidar o juzgar no desde la empatía, desde la observación de personas con personas en situaciones que quizás conocemos mejor o peor pero que no son nuestras, y sobre las que no sé si tenemos más derecho que el de contemplar, aceptar, aprender o no, empatizar, acompañarnos a través de ellas. Tenemos el derecho de rechazarlas o aceptarlas, de que nos gusten o no. De cambiar cómo las comprendemos y explicamos, creo. Porque las historias (History) son también formas de historias (stories), es el abc de la historia como género que nace de la literatura, lo acepten mis colegas o no. A lo que no tenemos derecho es a ESPERAR que sean algo que queremos que sean, a desvirtuarlas, pues son vidas de otras personas. ¿Una historia humana, una historia que nos haga sentir humanos es posible?

Siempre digo (siempre desde que empecé este viaje) que la historia no tiene tanto que ver con el pasado como con el presente, y como oportunidad de crear e imaginar futuros. Si la historia grande, la de los libros de texto, la institucional (la Historia académica nace de la mano de los estados nacionales, como mecanismos de normalización, cohesión, identidad y creación de relato común justificador) es una historia de hechos que llevan a un fin, a un resultado que es el día de hoy, el presente, yo creo que la historia es más una serie de ingredientes para comprender el presente, no el pasado, sino como oportunidad para construir un presente propio, un presente que me haga dar sentido. Ello me permite cuestionar el relato o el valor del pasado. También buscar o identificar en el pasado aspectos y momentos que no han recibido atención para abrir la visión, para poner ante los ojos aspectos (vida común, variables sexuales y relacionales...) que han sido furiosamente encajadas en reglas específicas para que su comprensión sean desde el presente (se han ido silenciando poligamias, aperturas relacionales, momentos de matriarcados y relaciones matrilineales, por ejemplo). Con ellos, el presente se abre a opciones múltiples desde su existencia en el pasado. Pero por qué esperar del pasado que dé todas las soluciones? Imaginar el futuro. Imaginar el futuro supone esperarlo? supone crear expectativa de ESPERANZA que quizás no se dé?

La imaginación, como la esperanza, y la paciencia (la sumisión al tiempo y a lo que no controlamos) forman parte de nuestra naturaleza humana?

 

Creo que la ESPERANZA merece aun atención aquí, entre tú y yo. Aun así, mañana probaré de ponerme con lo cotidiano, la COTIDIANIDAD, que también, de alguna manera, es también esperanza: mañana será otro día (?).

 

Un abrazo y salud.

 

Y qué bueno Aristóteles, el jodío. 

 

Borja.

Querido Borja, 

Acaba de salir el sol después de cuatro días de persistente lluvia, continuada y tranquila. Me vuelve su eco en el contraste con el sol que asoma tímidamente, entre nubes y quizá por eso, porque no es rotundo y me provoca el deseo de más, tiene más valor y el recuerdo de la lluvia crece. Lo que fue y ocupó lugar y tiñó mi vivencia, puede desaparecer sin apenas rastro o puede marcar, regresar en recuerdo insistentemente, con un mensaje. 

"Desde que olvidó su pasado su vida comenzó" dice Orlando V. Woolf.  Me pregunto, ¿qué cara del pasado nos impulsa a la vida y qué cara nos exilia de ella?

Cuando el pasado no nos permite apreciar el presente vivo, es veneno más que alimento. 

 

Dicen que el tiempo y el espacio son construcciones de la mente, que gusta de lo lineal y permanente, pero parece que ni el tiempo es real más allá de nuestra mente ordinaria, ni el espacio, hecho de materia, es sólido y permanente. Entonces, ¿qué queda de la historia si desaparece el tiempo y el espacio? Quizá quede la experiencia pura, humana, en toda su complejidad.

 

Releo en tu libro: "acercarse a la historia desde uno mismo, como uno mismo" y "una concepción de la historia como libre, transitable, atractiva". Sí, tengo la sensación de estar, por primera vez, abriendo una puerta que me habían hecho creer que era de acceso exclusivo a expertos conocedores de la historia. Como en cualquiera de las ramas del saber humano, esa creencia mata el conocimiento y la curiosidad. 

 

La esperanza es la espera con confianza. Eso me vino y se quedó. Me interesa explorar la confianza porque me evoca la apertura hacia la vida como corriente que me acoge, que me habita y que me lleva; la relajación de un bebé en brazos de su madre, sin el más mínimo temor. Confiar en que nuestra esencia permanece virgen, intocable, pura, y que es posible encontrar el camino de vuelta a casa. Confiar en que eso es posible para cualquier ser humano, por más perdido que esté y más atrocidades que haya cometido. Imagino esa historia que cuida la vida como una gran madre, capaz de acoger, empatizar, comprender la barbarie que puede seguir al sufrimiento humano. Una historia que se atreva a entrar en la dimensión espiritual del ser humano. Dimensión que en nuestra cultura occidental fue maltratada por la religión y que aún hoy es negada por una gran parte de las personas. 

En toda tradición y vía espiritual se comparte que todo está conectado tras la manifestación diferenciada y cambiante, como el océano del que surgen y se reintegran olas constantemente. Si todos los seres humanos estamos conectados, ¿cómo no proponerme comprender tanto la perversión como la beatitud? "Soy un ser humano, nada humano me es ajeno" decía Publio Terencio Africano; es la humildad de reconocer que no soy mejor que el bárbaro, sino que tuve mejor suerte. Eso no significa tolerar y mucho menos aplaudir, lo digo por responder a la reacción que suele seguir a algo tan osado, ir como péndulo de un extremo a otro, es una reacción habitual ante lo intolerable. 

Se abre un gran y profundo silencio. Después puedo tratar de conectar con el dolor que sintió ese pequeño niño que algún día fue aquel hombre enfermo de la violencia más atroz.   

Planteo empezar por tratar de comprender al vecino que pone la música alta, el señor que se cuela en la tanda del mercado, el político de turno que habla sin decir nada, mi amiga que no me escuchó como yo necesitaba, y así, después de comprender y empatizar, conseguir conectar con un sentimiento cercano a lo que llamamos amor. 

 

Pido que la historia abra sus brazos a la psicología y a la espiritualidad, como disciplinas o dimensiones implicadas en la comprensión del pasado y de las personas que lo vivieron. 

Bego

Querida Bego, 

Días y días, y los soles van calentando tierras, flores, y pieles, iluminando poco a poco la noche que no siempre es tan oscura como tememos. 

Vuelvo al intercambio con calma, y un poco retrasado. 

De tu último mensaje y mis reflexiones me llegan un montón de ideas. Hasta cierto punto el reto me parece llevar las ideas, como las semillas, a la tierra y la acción. 

 

¿Cómo hacer una historia que responda a lo que hemos estado comentando? Me parece que la historia tiene mucho que ver con la vida, con lo vivido. Desde un punto personal, íntimo. 

Muchas veces he comentado y percibo en el alumnado de primero y segundo, 18 y 19 años, que hay cosas que entienden sólo desde lo intelectual, o preguntas sobre cómo vivían las personas del pasado desde el marco interpretativo más genérico, desde los tópicos. Las personas que estudian siendo más grandes, en muchos casos, contraponen los datos a la experiencia vital. La historia, o la comprensión de las personas del pasado, pasa por lo vivido, y las experiencias que enriquecen nuestra percepción y reacciones ante la realidad que nos envuelve tienen que ver también con el modo en que miramos el pasado. Cuanto más es nuestra experiencia o más amplía nuestra mirada, nuestra comprensión, menos nos quedamos en los hechos como ecuaciones cerradas ("esto fue así"), y se abre con mayor potencia la posibilidad de mirar a las personas (presentes o pasadas) desde otros lugares. 

Entonces, una historia diferente pasa en primer lugar por esta riqueza vital. Vivir es aprender (¿vivir es aprender?), y desde este aprendizaje la historia, o las personas del pasado, adquieren, como las personas del presente, una riqueza más plena, más compleja. De hecho, me encuentro a menudo que las explicaciones sobre el pasado simplifican la vida, y muchas de las respuestas a "lo que pasó" se basan en respuestas de comportamientos tópicos, que surgen además de un reflejo de los estándares de vida de quien mira. 

 

Hay, en mi opinión, e imperativamente, que mirar a las personas, presentes y pasadas, desde otro lugar. Mirarlas desde uno mismo. Aceptarse a uno mismo quiere decir aceptar a los otros. ¿Es así? Si bien lo creo, al mismo tiempo me surgen dudas, porque no siempre soy así, no siempre puedo mirar abiertamente, sin miedos, complejos, expectativas, exigencias, esperanzas, anhelos. Pero si puedo ver también estos anhelos y demás, cuando veo al otro, estoy en disposición de hacerlo así porque he trabajado conmigo mismo, y he aceptado mis miedos, complejos, expectativas y juicios sobre mi persona (y cuando no puedo hacerlo es porque no he podido verlo en mí mismo, en procesos específicos). Esta mirada, en cierto modo holística, vuelve a poner la atención en lo único a nuestro alcance, nosotros mismos, el yo. Como los cuadros de Frida Kahlo, donde es ella lo único representable, porque ella es la única al alcance de sí misma.  

Desde esta mirada, o este estar en la vida, que tiene mucho de psicológico, de colocación propia y personal, es para mí desde donde puede plantarse la semilla de la confianza. La confianza en mí mismo, como ser, y desde aquí, en los otros, como seres como yo. Y el mundo, tal y como está escrito y descrito en nuestro tiempo, no es un espacio de confianza. La individualidad, que siempre me ha parecido un punto de anclaje fundamental en mi percepción de la vida, positivo en tanto que me dota de algo propio e intransferible, único, es también la trampa para la desconfianza. ¿En qué personas puede confiarse en este mundo donde las violencias cotidianas son amplias, vastas, sometiéndonos a mucha energía de cuidado de nosotros mismos y de nuestro entorno para aplacar, para ablandar los golpes?

Confiar tiene un punto de abandonarse. De dar un paso. Y ese paso parte también de la confianza propia. Confío en mi estar, y desde aquí me muevo, hacia los otros, sabiéndome capaz de moverme con ellos, y buscar, en lo posible, pasos en común, pese a las diferencias (a menudo enormes! La vida de pueblo enseña mucho sobre ello, a partir de la relación entre diferencias personales y convivencias colectivas).

 

Desde aquí, ¿qué historia? Vuelvo a lo conocido. El relato de lo histórico ha de volver a las personas, a los seres humanos. Colectivos o individuales. Perdamos una parte del derecho al juicio contra los demás, y coloquémonos en la confianza de que las vidas de quienes vivieron antes fueron válidas como fueron. Claro, esto abre otro problema, que es el de la discusión de Sócrates con los sofistas: ¿todo es válido? ¿Todo es defendible? No, claro. Todo merece ser pensado y observado abiertamente, y podemos pensar en tratar de comprender porqué personas en Alemania fueron nazis, no desde el juicio sino desde la empatía, la comprensión, abriendo la posibilidad de que nosotros mismos hubiésemos sido, en las mismas circunstancias, también nazis (o también franquistas, por decirlo en términos más nuestros). Ello enriquece, y acoge a los seres humanos a nuestro alrededor, alrededor en el tiempo al menos. Pero debemos establecer el límite socrático: hay cosas, puntos, miradas, juicios que son buenos o malos a nivel universal (lo escribo y mientras lo hago lo dudo, al mismo tiempo), y quizás bien o mal son cuestionables según qué cultura los defina, pero otros valores, como justicia o acogida, hospitalidad o aceptación, protección contra la violencia y de las víctimas, ... estos son valores transculturales que merecen nuestra atención, creo. 

 

Hay más, mucho más que decir, pero creo que ya he dicho mucho. 

 

Los pájaros cantan fuera. 

 

Mis versos se vienen dentro a la procura de dar voz a sensaciones que no tienen palabras con que mostrarse. De ello me viene pensar una historia desde las sensaciones, que son lo más humano que tenemos (o algo muy muy humano). 

Y sigo disfrutando mucho de este intercambio, contigo, Bego. 

Salud y sol.

Borja

Querido Borja, 

Me vuelve el eco de "vivir es aprender"; no tengo duda de eso, con una visión amplia y honda del aprender, esa que implica a todo el ser y que teje los dones que llevamos dentro. La vida lo tiene claro, tira hacia la expansión hasta el máximo y después hacia la muerte para volver a iniciar el ciclo. No hay otra que aprender...pero el entorno nos manipula inevitablemente, en primer lugar la familia; ahí enlazamos con una rama mayor y entonces vienen a mi mente imágenes feroces de "Canino", que vi pasmada, por recomendación tuya. Esa rama requiere otro canal.

 

Sigo el hilo que vamos tejiendo sobre la confianza...

Creo que hay una confusión generalizada entre empatizar y aprobar; estoy de acuerdo en que no todo es válido ni defendible, pero sí todo puede ser comprensible, explicable (es decir, podemos indagar sin juicio en qué lo originó, cómo se desarrolló). Desde ahí, tenemos la capacidad de tratar de conectar con ese profundo dolor humano que provocó la barbarie en alguien. Eso, y además, proteger, limitar y canalizar la restauración del daño y el cambio de relación de esa persona enferma de violencia consigo misma y con el mundo. 

  

El juicio, sea éste personal, cultural o universal, se basa en la creencia de que las personas sabemos distinguir entre la sano (adecuado, correcto) y lo insano (equivocado, incorrecto), entre lo que está a favor de la vida y lo que está en contra de ella. El bien y el mal pertenecen a la misma moneda, la de nuestra interpretación de la realidad. Quizá me inclino por ese ¿qué contribuye a la vida y qué no?, ¿qué a la sanación del mundo y qué a la enfermedad del mundo?

 

Como especie tenemos el raro don de la consciencia de existir y de la libertad de acción según los mandatos de nuestra mente-corazón y no sólo de nuestros instintos (que solemos perder muy fácilmente a favor de la racionalidad (o a menudo de la irracionalidad). 

Pero parece que no es el caso; en nuestro proceso de maduración nos quedamos anclados, es decir, atados, a funcionamientos mentales y emocionales infantiles consecuencia de impactos que no pudimos digerir. Así que somos inmaduros y por tanto egocéntricos, limitados en nuestra visión de nosotros mismos y del otro, desconectados de nuestra realidad profunda e ilimitada (y eso es a lo que se refiere el concepto Dios en todas las vías espirituales, según explican los conocedores del tema. Pero esa es otra gran rama y también me pide otro canal).  

 

Cuando Hanna Arendt  habla de la "banalidad del mal", a raíz del juicio al nazi Eichmann, a mí me habla de esa inmadurez, de esa esclavitud a la estrechez de miras de niños y niñas asustados, sólo dispuestos a protegerse para ser reconocidos por mamá y papá, que finalmente es cualquiera a quien damos una autoridad. 

Aún el más bárbaro de los criminales tiene "sus razones", sea consciente o no, las que nos explican por qué hizo lo que hizo.

 “No era estupidez, sino una curiosa, y verdaderamente auténtica, incapacidad para pensar”. Para Eichmann, la Solución Final “constituía un trabajo, una rutina cotidiana, con sus buenos y malos momentos”. De hecho, “Eichmann no fue atormentado por problemas de conciencia. Sus pensamientos quedaron totalmente absorbidos por la formidable tarea de organización y administración que tenía que desarrollar”. Estamos ante un nuevo tipo de maldad que a través de la burocracia transforma “a los hombres en funcionarios y simples ruedecillas de la maquinaria administrativa”.

 

Entonces, la mirada hacia el pasado para aprender a vivir el presente y enfocar el futuro, requiere para mí  un profundo conocimiento de lo que somos y una extraordinaria capacidad empática. Casi na. 

 

Borja, te propongo que vayamos mirando hacia el final de nuestra querida y rica conversación; no con el ánimo de cortar la corriente, sino de detenernos y compartirla hasta aquí. ¿Qué te parece si la compartimos en la revista de la escuela? (toda o parte). 

Y quien sabe, qué nuevos rumbos tomará nuestro deseo de comprender, discriminar, hacernos preguntas... seguir recorriendo ramas de este infinito bosque humano.

 

Un abrazo,   

 

Bego.
 

Hola Bego

Una pena que se acabe, y adelante con la posible selección de fragmentos para la revista. 

 

Leyendo tu último e-mail, lo primero que me venía era la advertencia. Todo es resultado de la percepción cultural. Una parte de nuestra empatía hacia lo ajeno, de cualquier tipo ( no establecer barreras insalvables desde el "yo nunca haría...", sino comprender el contexto en que se dio un comportamiento u otro... y aceptar) proviene de conocer el contexto cultural. Asimismo, tratar de comprender a otro desde nuestro mundo o percepción del mundo es injusto, es colonial, y no es rico. Abrirnos y aceptar que existen otras respuestas a la vida, además de validar también las nuestras, valida las de l@s otr@s, y aceptar la existencia de diversos (muchísimos) contextos culturales diferentes nos permite aceptar que otras realidades, respuestas, percepciones y comportamientos sean posibles en su propio marco. En el fondo, una vez más, la historia es, como decía mi maestro, como viajar: vas a otro país, comes diferente, ves otras costumbres, pero aceptas porque estás allá. La historia es un país extraño, un país extranjero, en el que nosotros no tenemos que sentirnos en casa, aunque estando de viaje puede cada cual entender mejor "su casa", y sentirse también "como en casa", pese a la diferencia. 

No sé si por el clima astrológico del pasado año, por mi propio proceso o quizás por algo que no he contemplado (confinamiento? otras respuestas?), me viene mucho la idea de "volver a casa". La historia nos permite volver a casa, construyéndonos la casa, lo doméstico, lo íntimo, que mejor nos vaya, siempre aceptando otras formas de estar incluso en nuestro hogar. La historia nos permite también ser otros, por un momento. Y validar nuestro "ser otro", siendo nosotros mismos. Como en trabajo de procesos, que animan a transitar todos los yos que tenemos dentro, la historia es un sendero rico y abierto, ese árbol de múltiples ramas (ahora pensaba en la poética del título de Borges "el jardín de senderos que se bifurcan") en el que podemos explorar nuestra percepción. Y con ello, explorarnos. Aceptarnos, incluso en aquello que no nos aceptamos, y por tanto, que buscamos enfrentar en los demás. 

 

La historia debe nacer de una relación íntima con nosotros mismos, con nuestro pasado, con nuestras heridas, con nuestras marcas, nuestro camino. Una parte de este camino está en revisar qué fuimos, qué somos, y no sé si en buscar tanto el porqué, porque al final el por qué es momentáneo (nos parece ahora que somos así por algo que más adelante, con más años, deja de ser importante). Estoy mucho en que la respuesta a muchas cosas es la aceptación. La esperanza, como decías hace semanas, no es aceptación, todo lo contrario. Perder la esperanza en cómo debemos ser. La historia muestra todo el rato lo que fue y lo que debería haber sido y no fue, o en ocasiones llegó a ser por suerte. Dejémonos llevar por las personas, por nuestra aceptación del pasado, y de lo ajeno, para observarlo con riqueza, y con cariño. 

 

Un beso, muchas reflexiones, y un poco de lluvia, que cierra un círculo en esta correspondencia. 

Borja