Extraño regalo

Begoña González
(Coordinadora pedagógica el Roure) 

 

Fue un gran impacto; seguramente tardaremos mucho en integrar todo lo que nos supuso y lo que supondrán todas sus consecuencias. Con ese conglomerado emocional doloroso, de miedo y muerte, llegó también la alegría de estar vivos y juntos, de apearnos del hacer cotidiano, recomponer nuestro día a día, disponer de tiempo.  

Se paró el mundo. Parecía una ficción, pero es nuestra realidad cotidiana desde hace algo más de un mes; estamos en esta situación de confinamiento y tengo la sensación de haber perdido la conciencia del tiempo, a veces me parece que el primer día fue ayer, otras veces que esta sea la situación “normal” y la única conocida. Quizá quede algún pueblo en el planeta que no cuente el tiempo, que simplemente viva al ritmo de los ciclos naturales y contemple el cambio en sus cuerpos, en su espíritu, a su alrededor. Salir de la actividad sin medida favorece salir de la medida del tiempo, y eso, favorece apreciar la inmensa dimensión del presente vivo. Este presente menos distraído, es una atalaya desde la que puedo ver más amplitud, más claridad. 

Cada una de las personas que estamos viviendo esta situación de pandemia y confinamiento, tenemos un relato, una particular experiencia de lo que nos trae; un paquete particular de descubrimientos, de aprendizajes...un extraño regalo. Quizá unos lo abrieron en el primer momento, otros lo abran poco a poco, después de sorprendernos ante un envoltorio nunca visto, quizá alguno de esos regalos esté arrinconado, aún por abrir.

No poder salir de casa, y saber que fuera hay un riesgo excepcional, es decir, diferente a los riesgos habituales e integrados, nos limita y nos abre al mismo tiempo. 

Me pregunto, ¿qué es lo que nos limita?

Más allá de la limitación de no poder salir de casa, de haber perdido nuestra vida cotidiana habitual, lo que creo que más nos limita son las ideas que tenemos, oímos, elaboramos, sobre lo que nos sucede y sobre lo que sucede fuera, eso y el miedo. Por ejemplo, yo estaba convencida de que necesitaba salir a caminar cada día, que eso era básico para mi bienestar físico y emocional. He descubierto que no, que, aunque eso sea benéfico en general, puedo sentirme bien sin hacerlo, de momento durante un mes. 

El miedo es otra cosa, es un movimiento energético ligado a pensamientos sobre lo irreal; lo que podría pasar y rechazo, porque está vinculado con experiencias dolorosas. En esta situación, aparece el miedo a la enfermedad y aunque sea tímidamente, miedo a la muerte que la puede seguir, miedo a la incertidumbre, a la precariedad económica, a perder lo que tenía y valoro, a que el mundo conocido se derrumbe…Dice Krishnamurti que es necesario conocer los propios miedos con todo detalle; necesario para poder transitarlos y dejar que se disuelvan. Que las criaturas conozcan sus miedos, y por extensión sus emociones, forma parte de una rama fundamental de nuestro currículum en El Roure: el conocimiento de sí mismo (la otra rama es el conocimiento del otro y del mundo, es decir la cultura). 

Y también me pregunto, ¿qué es lo que nos abre?

Creo que es la conexión, con la vida, con nosotros mismos y con los demás. Para las criaturas es lo mismo, solo que sus necesidades se expresan de forma más clara, más rotunda.  Las necesidades que aparecen en esta situación son las naturales, pero cobran una relevancia especial; seguir el propio ritmo, tener intimidad, relaciones, movimiento físico, alimento para el aprendizaje…

Esta situación nos abre a aprender a vivir en la incertidumbre natural del cambio y por tanto en la presencia del instante. Las criaturas pequeñas lo conocen bien, y nos pueden mostrar cómo desaparece la angustia del futuro cuando entramos con ellas en ese “eterno presente”. Curiosamente desde ese zoom hacia el detalle del instante puede aparecer la conexión con los otros, conocidos o no, se abre el corazón.   

Me alineo con la visión de que este confinamiento nos abre a una enorme oportunidad; ¿oportunidad para qué? Ahí está la libertad de cada cual, respecto a lo más íntimo, también respecto a nuestras redes de pertenencia: la familia de origen y la creada, el círculo de amistades, el trabajo, la escuela, el vecindario, el país, el mundo… necesariamente llega de la mano otra pregunta: ¿qué es lo que quiero?, ¿qué es lo importante para mí?

En El Roure nos podemos hacer esa misma pregunta: ¿oportunidad para qué, que es lo que queremos, lo importante?

En nuestro proyecto educativo, hay algunos aspectos que ahora aparecen como especialmente relevantes, como si la situación nos pusiera en bandeja experimentarlos, habitarlos, profundizar en ellos.

 

En los inicios del proyecto me planteé muy seriamente el sentido de la escuela, ¿es la escuela realmente necesaria y en todo caso, para qué? Tenía muy claro que la enorme capacidad innata de aprendizaje de las criaturas es el motor de todo aprendizaje. También que la responsabilidad esencial de acompañar esos procesos de crecimiento y aprendizaje son las madres y padres. Eso es lo que intentamos día a día transmitir en la escuela y exactamente esto es lo que hoy se nos ha impuesto experimentar, como realidad radical y cotidiana. Mi conclusión fue que el lugar de la escuela es el de apoyo, tanto de la exploración de las criaturas como de la función de madres y padres. 

Sin embargo, sigue habiendo una inercia de delegación de esa función en la escuela, en los “expertos” de la educación, bajo las creencias, más o menos conscientes, de que “para aprender tiene que haber alguien que enseñe”, que “hay que saber para enseñar”, que “los aprendizajes son los que se dan en la escuela”, que “una cosa es jugar y otra aprender”, que “hay aprendizajes más importantes que otros”,etc. Por otra parte, vivimos en una sociedad que no apoya a las madres y padres para que se ocupen de ese acompañamiento integral al crecimiento en la primera infancia y que podría incluir todo tipo de aprendizajes. 

En este periodo de confinamiento la oportunidad para las madres y padres es, desde mi punto de vista, la de recibir el relevo del rol de acompañantes completos de vuestros hijos e hijas, explorar abiertamente, sin autoexigencias ni complejos, esa función que es natural, instintiva, (y con la que hemos perdido mucho contacto) en cualquiera de las situaciones y aspectos que se manifiesten. Lo que podemos ofreceros desde la escuela, hoy de forma más evidente que nunca, es el apoyo de nuestras guías y referencias pedagógicas, de nuestra experiencia  y también el apoyo ante vuestro sentir, ante lo concreto que se os aparece como dificultad. Es verdad que la situación es artificial, de “laboratorio”, y eso añade una dificultad, pero al mismo tiempo concentra e intensifica lo que ya hay, por lo que puede ser excepcional para la observación y el aprendizaje sobre nuestras hijas e hijos, sobre la relación con ellas, sobre el ambiente familiar creado y el que queréis.

De entrada, aparece como prioridad el acompañamiento al movimiento emocional; para poder acompañar a las criaturas primero nos hemos de acompañar a nosotros mismos, eso apareció como una evidencia en muchos de vuestros testimonios de estos días. Hacerme consciente de las emociones que están en juego y de las necesidades que laten tras de ellas, darle un espacio, un tiempo íntimo a eso. Y después poder entrar en ¿qué siente mi hijo, mi hija en una situación concreta? Y asociado a eso, ¿qué necesita concretamente en este momento?, ¿es una necesidad real o lo que pide es un sustituto de alguna otra? Y ¿puede ser satisfecha su necesidad o lo que corresponde es acompañar la frustración?

En cuanto al acompañamiento de los procesos de aprendizaje, el tema es muy amplio, pero podríamos sintetizarlo en dos “máximas”: una es dejar el espacio necesario para la exploración, la reflexión, el responder por sí mismo a las propias preguntas y la otra alimentar la curiosidad con presencia de calidad (y desde ella, con recursos, preguntas, ideas, propuestas, etc.). Para mí la clave es conectar con la propia curiosidad, ganas de aprender y al mismo tiempo escuchar la de la criatura.

Necesidad, tensión y distensión.

Hoy, algunas necesidades no pueden ser cubiertas de la misma forma o medida que antes, y entonces nos toca ser creativas para buscar nuevas formas de satisfacerlas, o al menos hacerlas conscientes para facilitar la adaptación. En estos días se me hace evidente la enorme capacidad de adaptación que tenemos los humanos y especialmente las criaturas. Y en esta situación de confinamiento me parece necesario tratar de observar con detalle lo que se manifiesta en las hijas e hijos; si hacen o dicen algo, si dejan de hacerlo o de decirlo, ¿nos da la impresión de que se está adaptando a la situación inhibiendo una necesidad natural importante, reprimiéndola? y ¿esa adaptación se está autorregulando, es decir, después hay una distensión, una descarga? Porque la adaptación en contra de una necesidad, tiene un precio; una tensión que se tendrá que descargar en algún momento o en la medida que eso no es posible, que quedará enterrada en el inconsciente. Por eso, de nuevo nos toca ser creativas para inventar nuevas formas de descarga posibles en este momento.  

Cuidar la capacidad innata de aprender.

Este momento es excelente para observar y preguntarse, ¿mi hija/o mantiene despierta su curiosidad, sus ganas de aprender sobre todo lo que le rodea? (aunque especialmente más por ciertos aspectos). También, ¿En qué medida es autónoma al abordar sus procesos de aprendizaje (esa autonomía que le es innata)? El impulso de aprender nos mueve hacia el desarrollo de nuestro potencial y en menor medida también hacia lo ajeno.  La capacidad de hacerlo de forma autónoma significa que para ello ponemos en marcha los propios recursos hasta su límite (no significa sin relación con los demás). Sabemos que, tanto un aspecto como el otro, se pueden perder fácilmente con una intervención excesivamente permisiva, o limitadora, o hiper proteccionista, de los adultos. Tanto el mensaje de: “todo lo que hagas está bien porque lo has elegido tú” (falta de límites y de apoyo a enfrentar dificultades), como “no eres capaz, yo te ayudo”, y por supuesto el más convencional “eso no se hace”, tienen ese penoso resultado de la inseguridad, la dependencia excesiva de la aprobación adulta o de estrechamiento del impulso de aprender. 

Aprender; amplia experiencia.

El concepto de aprender que manejamos en El Roure no es fácil para algunas personas porque supone despojarnos de la herencia vivida. Aprender es una experiencia constante e inevitable hasta la muerte, aunque a veces no sea consciente; es el proceso de abrirse a lo nuevo, explorarlo e integrarlo en lo que soy. Imprescindible para madurar, abarca de forma interconectada todo aspecto de la realidad y toda dimensión humana (intelectual, emocional, física, espiritual) y se da en procesos, ritmos y recorridos orgánicos, desiguales, no lineales.

El proyecto plantea diálogos en esta experiencia de los procesos de aprendizaje; quizá eso puede inspirar para plantear la actividad de las niñas, niños y adolescentes en casa: 

-Entre el interés o necesidad individual y la necesidad colectiva (del grupo de pertenencia, la familia o el grupo escolar). 

-Entre la actividad autónoma (que surge del impulso de la criatura) y la estructurada (la que propone el adulto). Asimismo, la actividad autónoma puede ser enriquecida, ampliada, alimentada por el adulto. 

-Entre los diferentes ámbitos del conocimiento humano. Cualquier actividad implica un aprendizaje emocional y además físico, intelectual. La riqueza de la realidad es la interconexión entre diferentes aspectos del conocimiento humano (plástica, lengua y literatura, naturaleza y ciencias, matemáticas, disciplinas físicas y energéticas, música, teatro, danza, cocina, costura, fotografía, etc.). 

 -Entre la capacidad innata y la dificultad. La primera me resulta fácil, atractiva, por estar ligada a mi potencial. La dificultad es más compleja y requiere una mirada atenta. Puede haber dificultad natural en conseguir conocer lo que queremos, para eso tenemos la perseverancia, el tanteo y error hasta llegar a conseguirlo. Puede ser que la dificultad venga de que lo que me propongo aprender es ajeno a mi potencial, a mi naturaleza. Aquí el margen es ancho; me atrae especialmente lo relacionado con mi naturaleza, pero, tengo capacidad también para curiosear, explorar lo ajeno, y eso me abre al mundo de los demás, al mundo más allá de mí. 

Puede ser que la dificultad venga de un bloqueo sobre el que conviene intervenir. El valor de aprender a afrontar lo que me cuesta es inmenso, y en nuestro ambiente, hay una tendencia a que se pierda esa capacidad natural de emprender retos, de insistir en la búsqueda, de asumir el fracaso y el error con naturalidad, como parte del proceso. 

Especialmente importante en estos momentos es observar lo que a cada criatura le cuesta, aquello que evita hacer, lo que rechaza (a veces con el conocido “no me interesa”, “eso ya lo se”, “no me gusta”, “no tengo ganas”,etc.). Y entonces nos podemos preguntar, ¿le cuesta porque no responde a su capacidad, a su potencial, o porque hay un bloqueo y es necesario poner un límite, apoyar el trascenderlo?

Realidad y virtualidad

En este momento, desde la escuela únicamente podemos apoyar los procesos de aprendizaje y vuestro acompañamiento a ellos, de manera virtual. Como siempre, os hemos ofrecido hacerlo en esos dos sentidos, aportándoos recursos telemáticos, propuestas concretas de actividad y por otra, ofreciendo reuniones virtuales individuales o grupales. 

Algunas personas habéis expresado vuestra extrañeza porque El Roure proponga recursos telemáticos a los grupos y reuniones virtuales. Como en cualquier otro tema tratamos de no movernos por una ideología pedagógica (que siempre encierra la tensión de lo que se debe o no se debe de hacer), sino más bien por unas bases que nos guían y por el aprendizaje de la experiencia. El criterio del proyecto respecto a las nuevas tecnologías es que son perjudiciales hasta la etapa preadolescente/ adolescente, que es cuando el cerebro está preparado para un nivel de abstracción considerable y para la discriminación entre lo real y lo virtual. El tema es amplio y sabemos que también para los adultos hay perjuicios derivados del exceso de virtualidad. Por esa razón, excepto en Heura ( y una reunión del grupo y equipo en Ginesta, en la línea de cubrir la necesidad de pertenencia y de relación), lo que os planteamos es que los recursos lleguen a vuestros hijos e hijas a través de vosotras y no directamente. En cualquier caso, siempre sois vosotras, madres y padres, las que ponéis la medida.

Casa y escuela

En El Roure nos planteamos también disolver las fronteras entre lo que se aprende en casa y en la escuela. Es la consecuencia lógica de entender el aprendizaje como algo continuado e interconectado.

En esta situación el ambiente familiar se ha convertido en el único prácticamente y por tanto el entorno de aprendizaje por excelencia. La escuela está en la sombra, como una presencia de apoyo en una limitada medida. Sacar partido a lo que tenemos en casa se ha impuesto como una necesidad; a estas alturas seguramente la mayoría de los adultos y criaturas hemos puesto en marcha nuestra creatividad para transformar espacios, hemos echado mano de habilidades propias que no usábamos, hemos despertado la curiosidad…El espacio y la actividad limitados de la casa, nos lleva a ampliar desde dentro, amplificar lo pequeño, abrir micro mundos: la comida, la compra, las tareas domésticas, los suministros, el material de desecho, la revisión de lo que tenemos y quizá no necesitamos, el otro con el que convivo y redescubro.

En toda situación de aislamiento y de restricciones, se recomienda encontrar una estructura, una organización que nos permita limitar los enredos de la mente. Por otra parte, al no tener que decidir qué hacer en cada momento, una energía queda liberada y disponible. Muchas familias estáis experimentando la importancia de encontrar ese equilibrio flexible, en movimiento, entre la organización horaria y de actividad (el ritmo, los rituales, los hábitos) y la dispersión. Ese que es particular y único en cada familia. 

Que este tiempo histórico nos sea fructífero y leve.