La piel desnuda
Cecilia Ruiz y Pati Blasco

 

Los primeros días del confinamiento me avisan que en la puerta de mi casa han dejado un paquetito para mí. Me emociona la sorpresa y la intriga del qué será. Me encuentro con tres libros de una querida amiga y una nota que dice “Ojala estas letras os ayuden a amenizar el confinamiento”. 

 

Elijo empezar a leer La piel desnuda. Esta lectura tiene otro ingrediente. El sabor de que haya sido escrita por alguien que quiero es intrigante. La mezcla de la historia junto con los personajes y la narración me llevan a entrar en el mundo de la autora, en su ser, en su naturaleza, en sus peculiaridades. El deleite y la dulzura que me produce como combina las palabras se amplifican al conocerla. El saber que ese rico texto viene de ella me acerca y conecta. 

 

La imagen de la portada, tanto como la protagonista de la novela, me inspiran. La dibujo y la pinto. Rima con mis exploraciones de cuerpos y colores. Todos estos ingredientes sutiles se han ido mezclando y cocinando a fuego muy lento. Ahora puedo sentir como los aromas de las cocciones creativas vuelan por los aires, entran dentro de alguien que agrega un ingrediente nuevo y salen para seguir volando y ser nuevamente inspirados e inspiradores.

  

Al dejar los libros en la puerta siento una mezcla de ilusión, agradecimiento y pesar. Me ilusiona compartir palabras, conectar a través de ellas. Agradezco que alguien se tome el tiempo de perderse entre esas palabras. Me pesa que se lo puedan tomar como una obligación. Confío en que la mujer que recoge el regalo es alguien querido y liberado, que leerá solo lo que le apetezca hasta donde le apetezca, que se saltará páginas, empezará por el final... que hará propio este regalo. 

Y al poco tiempo el regalo vuelve a mí. Con otras formas y colores, con pasión, sensualidad, cuerpo, pedacitos de su piel y de su alma. 

Me emociona mucho, esa conexión, constatar esa cualidad mágica de la expresión que une en un mundo común, hermoso, ámplio, inacabado... que a nadie pertenece.

 

Un viaje que empieza en unas manos y que late en otras continuándolo... dándole su propia vida, recorriendo su propio camino singular y a la vez global. Dice la sabia Katixa Agirre que la literatura es alquimia, y en este confinamiento hemos trasmutado en común en este viaje compartido que, cuando parece que ha terminado, no ha hecho más que empezar. 

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