Sobre entendernos y otras cuestiones…
Haizea Cobos
(Acompanyant de Els Cirerers)

 

En los últimos días, semanas, he estado pensando en la parábola India de Los ciegos y el elefante, esa en la que un grupo de hombres ciegos (u hombres en la oscuridad) tocan el cuerpo de un elefante para comprender cómo es. Cada uno de ellos toca una parte distinta, pero solo una parte: su lateral, su trompa, su cola o los colmillo. Luego ellos comparan sus observaciones y se dan cuenta que no coinciden en nada. Uno dirá, habiendo tocado el colmillo, que un elefante es tan afilado como una lanza; otro afirmará, tocando la trompa, que un elefante es como una serpiente; otro, que tocará la cola, dirá que un elefante es flexible como una cuerda...

Hay diferentes versiones del cuento, en cada una de ellas puede variar el nivel de tensión que se genera entre los ciegos y también su desenlace.

A mí personalmente siempre me ha gustado más la versión ratuna, en la que ratón blanco llega a la conclusión de que el elefante es fuerte Y TAMBIÉN afilado, Y TAMBIÉN flexible, Y TAMBIÉN…  aunque quizá me hubiera gustado más que hubiese sido el ratón verde, o el negro o incluso el naranja el que hubiera llegado a esa deducción.

Si algo ha tenido el confinamiento, es que hemos tenido el tiempo para observarnos. Yo me he visto en muchas ocasiones inmersa en mi gran confusión, intentando buscar respuestas a mi inquietud en aquel o aquella que me explicara LA VERDAD de lo que estaba pasando. También me he visto defendiendo alguna verdad propia o rebatiendo la de otro... Porque…  ¿quién de todos tiene la razón?

 

En La Corazón (co- razón), un precioso libro autoeditado por Roxana Cabut  y Raed El-Younsi, ambos facilitadores de Comunicación NoViolenta, hablan de que hemos heredado unas reglas de juego que promueven la escasez, la idea de que no hay para todos. Por lo tanto, o tú tienes la razón o la tengo yo. O ganas tú y yo pierdo, o gano yo y tú pierdes. También hay otra variante al uso, es la versión que antepone el tú al yo. En este caso yo no importo y tú sí.

Porque... ¿Cómo podríamos jugar de otra manera? ¿Cómo sería jugar desde la abundancia? Pues integrando la posibilidad de que dos o más persones puedan tener razón al mismo tiempo, y siguiendo la misma lógica, abriéndonos a la vivencia de que es posible que las dos personas puedan ganar al mismo tiempo, en el sentido en que las necesidades de ambas puedan ser tenidas en cuenta. Pasamos así del yo O tú, al yo Y tú. 

Y… ¿Cómo sería la gestión de los conflictos si partiéramos de esta base? ¿Cómo sería si pudiéramos ver al otro como alguien que suma y no como alguien que resta? Me imagino que hablaríamos con intención de escucharnos y no de defendernos, porque tendríamos la certeza de que nuestra mirada y nuestras necesidades serían tomadas en cuenta. Así, cuando nos comunicásemos, la atención estaría en comprender, y no en encontrar los argumentos para rebatir.  

Podría ser curioso.

También Roxana y Raed hablan de que el diálogo es una danza, a veces hablo y a veces escucho. Si hablo no estoy escuchando, si escucho no estoy hablando. Pero ¿cuántas veces nos superponemos y solapamos hablando al mismo tiempo? Cuando eso ocurre, no hay nadie disponible para la escucha. Tampoco escuchamos si mientras hablan estamos pensando en la respuesta que vamos a dar.

Parece obvio ¿no? Pero… ¿cómo es que algo tan simple nos resulta tan difícil a la práctica? 

El verano pasado asistí como observadora a un Círculo Restaurativo facilitado por Duke Duchscherer. Tenía como título: Jornadas de diálogo sobre el conflicto en Cataluña, prosperando a través de los conflictos. Había escuchado hablar de los Círculos Restaurativos  desarrollados por Dominic Barter en las favelas de Brasil (www.restorativecircles.org), pero no encontraba ningún libro, ni nada en internet, que hablara sobre las herramientas que se usaban para la facilitación. Tenía mucha curiosidad por ver el cómo. Fue una experiencia que me impactó, seguramente por la sencillez de la propuesta, por la simplicidad del asunto, ¡ni bombo ni platillo!, sencillamente gente expresándose honestamente y gente escuchando con presencia y en silencio. Los cuerpos se aflojaban, los tonos de voz se rebajaban, la vulnerabilidad surgía, el enemigo se desvanecía. 

Me fascinó y recuerdo tomar conciencia de dos cosas. La primera, es que en nuestra sociedad se valora más la expresión que la escucha y el silencio. Y la segunda, que en el día a día del conejo de Alicia, los patrones automáticos saltan con facilidad, y sobre todo, saltan con muchísima rapidez. 

Pensé que no nos queda otra que poner atención y practicar, practicar y practicar. Sentí un cierto alivio al pensar en El Roure.

En Els Cirerers lo niños y niñas practican la escucha y la expresión constantemente: cuando intentan decidir cómo será el rio del arenero, cuando piden ropa a algún compañero porque en su caja no les queda, cuando solo queda disponible una azada, cuando quieren entrar en juego…  También son incontables las veces que movilizan su creatividad en buscar estrategias que satisfagan a los/las implicadas. Son esos momentos en los que la actividad entre manos se ralentiza hasta detenerse y sus cuerpos se disponen para el encuentro. Saben que el acuerdo requiere tiempo. 

Me siento agradecida del tiempo sin tiempo del cole, donde se dan las condiciones para acoger el conflicto y el tiempo y atención se ponen a su servicio. Las criaturas no tienen una cantidad de recetas limitadas y limitantes como nosotros, aunque sí experiencias pasadas que puedan ofrecerles referencias. Por eso, cuando los veo pensar en las soluciones, me los imagino flotando en el espacio sideral y me pregunto: ¿con qué me sorprenderán? Se me ocurre que podríamos generar juegos compartidos para que adultos y niños podamos practicar en eso de expandir los límites de lo posible. Lo alocado tiene un valor incalculable… porque lo alocado motiva, ilusiona, aligera…. Porque solo lo alocado nos puede sacar a veces de esos callejones sin salida en los que nos metemos solitos, de los… ¡no hay solución!

Con los niños y niñas vemos importante no anticiparnos y entrar a ofrecer soluciones. Las de ellos son siempre más auténticas, y ante todo, ¡son propias!

Creo necesario que antes de que una criatura pueda ver las necesidades del otro, conecte con las suyas. Cuando se siente seguro de que sus necesidades importan, es cuestión de tiempo el que poco a poco vea al otro. Lo realmente importante en mi opinión, es que estas experiencias de conflicto se vivan con presencia y curiosidad hacia el otro. El resto, es practicar.

Cuando digo curiosidad, me refiero a deshacernos de las certezas y mirar al otro con apertura e interés.  Muchas veces no podemos ver al otro porque entre él y nosotros se interpone una neblina generada por los juicios que tengo sobre el otro y ese otro tiene sobre mí. Los niños, al estar viviendo el presente, están en conexión con sus sentimientos del ahora y no aferrados a sentimientos que experimentaron en el pasado (aunque con ello no digo que en ocasiones no los experimenten). El resentimiento implica repetir un sentimiento pasado, a algo que no pertenece al presente. Cuando los adultos nos implicamos emocionalmente en los conflictos entre niños, es habitual que nos quedemos encallados más tiempo que ellos en las situaciones y en lo que nos ha removido. Y si intervienen otros adultos y aparecen los juicios y las etiquetas, la cosa tiende a liarse. 

En El Cirerers, cuando acompañamos un conflicto, nos preguntamos qué necesidades están en juego para cada niño en cada momento, para así mirar más allá de las maneras que se estén usando para cubrir esas necesidades. Hablo de estrategias como “invadir” (tirarse encima del juego de alguien) para ser visto, de empujar cuando la necesidad es espacio y seguridad, en “chantajear”  (ofrecer algo a cambio de) cuando la necesidad es pertenecer.

Es cierto que a veces las y los adultos preferiríamos que escogieran otras formas, pues algunas de las estrategias las interpretamos contrarias a nuestros valores. El piloto automático nos lleva a entrar en valoraciones de correcto- incorrecto y esto nos impide poder traducir lo que se mueve en el fondo. 

Nerea Mendizabal, también formadora de CNV y dedicada hace ya unos años al acompañamiento de familias, explica que se encuentra frecuentemente con la preocupación de “mi hijo pega”. Ella invita en sus charlas a intentar mirarlo como si la criatura no encontrara otra manera para expresar lo que le pasa, y que en realidad podríamos verlo como algo a celebrar, dado que… “ eh… ¡este niño funciona  bien! ¡Cuando le falta algo da señales!! ¡Qué bien que esté vivo!” Comenta que sería muy transformador poder ver esa energía que manifiesta para cubrir sus necesidades como preciosa y muy útil para su vida. 

 

Mientras los humanos tengamos que cubrir nuestras necesidades en sociedad, parece inevitable el roce y el conflicto.  La cuestión, por lo tanto, parece … ¿cómo nos lo queremos tomar? ¿queremos vernos como condenados a entendernos o bendecidos a entendernos?

 

Aunque solo sea por no deprimirnos, podría ser lógico escoger la opción que mire el conflicto como un camino al crecimiento y la transformación. Si la vida es cambio y el conflicto es una vía de cambio, podríamos decir que el conflicto está al servicio de la vida. 

Creo que no hay otra, porque ayer fue con el vecino por los ladridos del perro, hoy con mi familia por el uso del grupo de WhatsApp y quizá en septiembre por el cómo reabrir los colegios!

Anims a totes!